18 de mayo de 2016

Volver a empezar



Filomena deja de comer. La mujer la está hablando de distinta manera. Su tono es diferente al de cada día.
Filomena la ve en blanco y negro. Reconoce el rostro de la mujer y echa de menos su sonrisa y su voz animosa y cantarina. Hoy Filomena no entiende bien el mensaje.
Igual que la canción de María Jiménez, “malditos los años que corren sin sentimientos” o algo así…
La mujer que habla con las gaviotas, sobretodo con una, con Filomena, la mujer que prepara comida para ella y no deja comer al novio de Filomena,  sólo lo deja estar al lado e ignorándole, sigue la chalar acostumbrada y una vez acabada ésta y la merienda, emprenden ambos el vuelo.
La mujer a quién al atardecer vienen para comer de su mano muchos pajarillos amigos y más tarde, en corto vuelo se acomodan para pasar la noche debajo del árbol cercano a la habitación de esta mujer y son ellos, quienes la cantan con los primeras luces de la mañana, los buenos días.
La mujer, esta mujer que ha llevado al veterinario infinidad de gatos, algunos para castrarlos, para evitar que los vecinos los envenenen y ha puesto carteles por toda la zona para que los respeten. La misma mujer a uno o dos gatos, también los ha llevado al veterinario a curar las heridas de alguna lucha territorial entre ellos y para arreglarles los dientes.
Dos gatos, Perla y Bravo tienen derecho a entrar, comer y dormir en la casa.
Perla, tuerta por la barbarie de un adolescente, es ahora su mejor y más fiel amiga.
Bravo el gato atigrado, entra por la noche a dormir en casa pero con un grado inferior de amistad al que tiene Perla.
Existen otros gatos en su vida, varían según la temporada, pero diariamente todos ellos tienen en el jardín sus platillos de comida.
Esta mujer que una vez muerto su pastor alemán los perros del jardín vecino, hacen un túnel excavando con sus patas y hocico para dejarse acariciar.
La mujer hace tiempo que está sola. Es viuda. Su casa siempre está abierta y llena de gente, mayores o pequeños no pueden resistirse a su amplia sonrisa y a su hospitalidad sin reparos y a una conversación inacabable.
Una mujer grande, fuerte, luchadora. Ahora su casa, su jardín tan bello, su huerto se convierten en una pesada cadena, en una carga imposible de sostener.
Demasiadas escaleras, muchas habitaciones, lejos el núcleo urbano y luego ¿le renovarán el carnet de conducir? Tiene 83 años.
Ahora Filomena da un respingo, su cabeza se mueve con fuerza. ¡por fin entiende!
La mujer está llorando. Se está despidiendo de ella. No pondrá más comida y la recomienda que a partir de ahora junto con su pareja, se pelee por la comida junto con las otras gaviotas en las playas, en los campos.
Ella se marcha al pueblo, cerca de sus amigas del taller de costura y de tanta gente que también la quiere.
Un piso pequeño, con mucha luz, que no se vea el mar, Filomena sabe que a la mujer no le gusta contemplar el mar. Con ascensor. ¡muy importante!.
Llora y se despide, “me llevo a Perla y a Bravo, a ti no puedo meterte en el piso”,
Cuenta que cuando Perla la ve llorar no para de lamerla y darle pequeños empujones con su cabeza.
Casi con un grito, recomienda: Filomena ¡pórtate bien! 
Filomena emprende el vuelo pero no es un vuelo sin retorno. Está decidida a visitarle en su nuevo apartamento. Una terraza, un balcón no ha de faltar y ella podrá posarse.

©Camyhita, 16 de mayo de 2016

25 de abril de 2016

La bañista


El mar y el sol. Arriba y abajo. ¿Quién mira a quién? Ambos intercambian guiños, sonrisas, secretos.
Ella está sentada en la arena. Sus ojos juguetean parándose en uno y luego en el otro. Así pasa el tiempo.
Una veces se acerca a la orilla y el suave oleaje acaricia sus pies; otras, libre de sombrero ofrece su tez al sol y sus rayos sonrojan sus mejillas.
Mirando al mar, mirando al cielo, sintiendo el calor del sol en su cuerpo, soñaba y esperaba.
Llegó el día en el que  decidió dejarse mecer por las olas. Había esperado lo suficiente para darse cuenta de que el mar no la devolvería su tesoro. No podía esperar así, sin  más.
En un principio nadó con relajación y calma, buscaba su vida, parte de su vida y también, a la vez, quería dar tiempo a esa parte de ella, para que disfrutase de su propio mar, de su mundo.
Después, se percató de que el tiempo corría más rápido de lo que jamás había imaginado; apresuró entonces sus brazadas y sus pies levantaban pequeñas montañas de espuma impulsando su cuerpo cada vez más y más lejos de la orilla.
El punto de salida ya no se divisaba y su horizonte era todo azul.
Su organismo estaba preparado para resistir un largo periodo de actividad y espera.
Se da cuenta y mira asombrada que su cabello ha cambiado casi en su totalidad el color; su piel está surcada por mil caminos distintos.
Bracea, no descansa, ante sí tiene unos años para que se cumpla el tiempo que previamente se había marcado.
Aquí todo se transforma de inmediato. Es consciente de que, su carrera no llegara a la meta con este ritmo. Perderá todo. Se tranquiliza. No debe forzar nada. Ha de dejar que este todo fluya a su alrededor.
No muy lejos aparece un frondosa vegetación. Hay tierra de nuevo, Esperanza. Es la señal.
Seguramente su tesoro más tarde o más pronto volverá.
Se acomoda bajo la sombra de unas palmeras y se adormece envuelta en la calidez de esa nueva y blanca arena.
Sin prisa, de nuevo esperará.


©Camyhita, 25 de abril de 2016

4 de abril de 2016

La contraseña


El pueblo está solitario. Es invierno y en esta estación del año,  los apenas centenar de vecinos que siguen viviendo en él, se encierran en sus casas y soportan el frío alrededor del fuego.

Mirando desde el exterior, las chimeneas de las casas  semejan a empedernidos fumadores y cada una de ellas, intenta  crear distintas formas y dibujos cuando el humo que conducen sale al exterior. El aíre puro de la zona les ayuda y eleva o dispersa alguna creativa forma.

El paisaje que envuelve al pueblo es ahora blanco por la nieve y en los espacios sin ella, los tonos son ocres y amarillos. Las  enormes piedras  parecen hacer de centinelas de todos los habitantes. Rodean al  municipio. Son formaciones rocosas inmensas, grandes moles que han servido par distracción e imaginación  en los juegos de los niños de muchas generaciones.

Todavía en una de las viviendas queda una mujer, ya anciana, que al calor del hogar, recuerda su pasado, sin dejar de vivir el presente.

Fueron nueve hermanos, cinco hembras , cinco hermanas y más aun, cinco amigas.

Tres marcharon jóvenes a ciudades lejanas y en ellas formaron su hogar, nacieron sus hijos, sus nietos. La cuarta hermana abandonó su casa para ir a la ciudad cuando la enfermedad la venció y necesitó el calor, cariño y ayuda de su hija.

Siempre en verano, navidad y cuántas ocasiones tuvieron, regresaron al pueblo, a compartir  vivencias y añoranzas con sus hermanas. Todas ellas,  incluso aquellas que marcharon lejos, mantuvieron su vivienda.

En el poyato que todavía existe en la parte exterior de la casa que hoy observamos el humo de su chimenea,  en verano principalmente y a determinada hora se sentaban  todas ellas dejando pasar el tiempo. Eran vacaciones y era el momento de descansar del trabajo, de la casa, de sus hombres. Momentos de hermanas.

Durante el día, una u otra visitaba la casa ajena, para cualquier cosa, para pedir aceite, para saber cómo había pasado la noche, para ofrecerse a traerle el pan de la tahona.

Si la hermana visitada no estaba, la visitante, dejaba en la puerta de la casa una piedra de determinada forma que identificaba a la hermana.. Todas tenían una contraseña que era esa, la forma y color de la piedra. ¡Hay tanta piedra en este pueblo!

Esta tarde abandonará el calor de su chimenea, sin pereza. Es el primer sábado de mes. Se acercará al cementerio y allí, en la tumba de la hermana que se fue enferma y que ya no pudo volver, que la devolvieron sus hijos para ser enterrada en ese minúsculo cementerio, ella, la única hermana que resiste en su pueblo, la dejará una piedra encima de su tumba.

Las otras hermanas cuando llegan en verano también dejan sus piedras sobre la tumba.


©Camyhita, 4 de marzo de 2016.