23 de noviembre de 2009

Falsa actividad.


La gran colmena se alborota temprano. Durante la noche sólo tres o cuatro zánganos la habitan despiertos o adormilados. Allí quedan ellos. Por turnos hacen la ronda por todas las plantas y aseguran la tranquilidad del edificio.

Cada mañana los primeros en llegar son otros zánganos encargados de las labores más primarias y suben y bajan dejando partes, comprueban relojes, distribuyen cajetines de correspondencia, encienden luces…

La colmena empieza a zumbar. Existe más de una abeja reina, o más de un rey en esta colmena y curiosamente existe una gran variedad de abejas, de color y de tamaño, que, podríamos decir que son las obreras y obreros, pero en realidad y para no mentir, diremos que de obreros-obreras tienen poco y laboran mucho menos.

De recorrer salas generales y despachos individuales podríamos ver cómo en la colmena, casi llena, la tranquilidad sigue siendo la norma imperante. De hecho, han pasado unas horas desde que la jornada laboral debía de comenzar, más los grupos de abejas, zánganos reyezuelos continúan comentando el partido de ayer y la planificación del futuro o del resto de la mañana o tarde.

Las puertas gigantes de entrada a la colmena se abren y cierran con más o menos frecuencia. El flujo de visitantes se desliza suavemente, sin aglomeraciones pero sin parar. Son reincidentes muchos de ellos. Toman los ascensores y se distribuyen por los departamentos a los que necesitan ir, y por tanto, los zánganos de la planta baja pueden continuar mirando la pantalla (que no diremos lo que ven), escapándose a fumar o releer el gratuito.

De la colmena en determinadas horas también vuelan fuera de ella todos sus habitantes. ¡No sólo de miel vive el hombre! Estos insectos son especialmente adictos al café, al bocata, al médico, a las compras, al escaqueo.

Hubo un momento en que algún que otro intentó salir corriendo en busca de alguna abeja, reina u obrera, porque descubrió ese alguien, que la otra, se había dejado el bolso en el despacho, o la cartera de tratarse de zánganos o reyes.

En otros momentos se pensó que los unos, las otras, no estaban en ese instante. Habían salido con el monedero. Enseguida volverían. ¡Estarán abajo tomando café!

Todo en el tiempo se repite y las carteras y el bolso repetido con frecuencia; abandonado mañanas enteras en lugar de confirmar una ausencia pasajera, confirmó la escapada total de la colmena.

No es broma. Pasan los días, las semanas, los meses. Las zánganas del carrito hace tiempo que han olvidado el paño del polvo y ellas, sólo ellas, son las culpables de que se haya descubierto, la treta del bolso vacío sobre la mesa, porque el polvo y las telarañas han construido en él su propio hábitat...

©Camyhita, 21 de octubre de 2009. Fotografía: Cristian Castellana

16 de noviembre de 2009

Mujeres con nombre propio.


Fernanda

Siempre ha vivido en un mundo de hombres y si nos detenemos a observar con un poco de paciencia descubriremos que no existe mujer más femenina que Fernanda.

Sus ojos negros, inmensos, brillantes, han sido sus mayores atributos y característica más marcada desde parvulario igual que su pelo ensortijado y de tan negro, color azabache. Ninguna niña tenía esa mirada tan viva y ese pelo que en el patio con el sol brillaba tan descaradamente.

En la adolescencia destacó además por un cuerpo esbelto, cimbreante y veloz. El deporte fue su amigo desde temprana edad y en el instituto siempre era la que encabezaba las listas para cualquier actividad deportiva, principalmente las carreras en las que compitió con los mejores corredores masculinos de toda la comarca y por supuesto de la misma edad escolar.

Vivió sus primeros amores en la playa y compartió cuchicheos y experiencias con sus mejores amigas. Fernanda destacaba de éstas por sus rizos negros ya comentados, su altura elevada y su estrechez de caderas. Lucía los tejanos cómo pocas.

Formó pareja con un hombre extranjero, más bajo de altura que ella, pero un hombre que la dejó ser siempre Fernanda, siempre con sus pantalones, con su libertad, con sus proyectos..

Ambos compartían pasión por el deporte, por la mecánica, por las motos y Fernanda pasó años imbuida en un mono azul adornado con manchas de grasa. Sus rizos domados con una diadema se escurrían a veces tapándole un ojo y ella los colocaba en su lugar sacando ligeramente el labio inferior sobre el superior y soplando.

Dos mellizos no consiguieron apartarla del taller; dejó eso sí, las salidas con la Harley.

Con hijos, con taller, con casa, compaginó como tantas otras mujeres todas las tareas que tenía en ese momento preciso de su vida y no perdió ni el brillo de sus ojos, ni el color negro de sus rizos.

Fernanda ya ha pasado la treintena, sus hijos no necesitan su atención constante y ella y su marido recorren carreteras abrazados en su Harley, decorada, pintada todo el depósito, en tonos grises, negros, de manera surrealista. Ambos abrazan su moto con sus chupas de cuero tachonado.

No necesitan el taller. Muchos coches se han quedado huérfanos de mano sabia y amiga. El servicio de grúa les proporciona trabajo y dinero suficiente para vivir bien y a su modo.

Fernanda se tira al suelo sin pereza y con precisión engancha lo enganchable y en un segundo el coche averiado está rumbo al taller. De ser necesario y porque la avería se ha producido lejos, Fernanda después de dejar el coche en el taller que corresponda, acerca en un todoterreno inmenso, a los dueños del coche a su domicilio.

Hoy, en este pueblo pequeño, las amigas de antaño de Fernanda ya no se sienten amigas y desde hace años la han marginado, por su profesión, por su mono de trabajo, por sus manos carentes de manicura.

Otra vez os pido, mirad con detenimiento a Fernanda y ahora que viene en ayuda de ese coche parado, ahora que se tumba buscando el enganche, veréis si sabéis mirar que es femenina en sus gestos, que es madre en su alma, que es mujer en sus sentimientos, que es franca en el trato, que las amigas tontas no supieron ver y que tiene unos dientes tan blancos que cuando sonríe las estrellas salen volando de su boca.

©Camyhita, 20 de agosto de 2009.Fotografía: J.Castellana.

9 de noviembre de 2009

Un instante.


Ahí están. Frescas. Resguardadas del sol pero filtradas por él. Por cada rendija de esa persiana se cuela un aíre cálido y suave que ellas reciben agradecidas.

Su olor es fresco. Huelen a jabón de masella. Han sido acariciadas por la plancha hace unos momentos. Ahora están ahí terminando de secarse y airearse.

¿Qué vemos? Dos camisas ¿nada más?. ¿Qué percibimos? Una curiosa instantánea ¿nada más?. ¿Qué oímos?. El silencio de la habitación y del momento ¿ Nada más?.

Vamos a aguzar la vista y el oído. Vamos a curiosear en este instante. Vamos a ser cotillas en esta ocasión y vamos a tratar de enterarnos de las vidas ajenas.

Estas camisas están hablando. Se hablan entre sí. Bajito, casi en susurro. Se cuentan cosas íntimas. Añoran otros momentos. Comparten sus recuerdos.

La que vemos a la derecha de la imagen es la más mayor y dice: “…sí, el paso del tiempo se nota ¡ya lo creo!, mira que he estado bien cuidada pero si te fijas bien, las arrugas se quedan con mayor intensidad fijadas, la plancha ya no puede con ellas. Se borran en un instante pero al segundo vuelven a aparecer.¡ y eso no es lo peor! ¡mira cómo tengo el cuello de desgastado! ¡cuatro lavadas más como mucho y a la basura!.

La que está situada a la izquierda, una temporada o dos más joven, la consuela “”bah,bah, no seas tan pesimista. Seguro que terminamos esta vida juntas. Cierto que llegaste al armario unos meses antes que yo, pero estoy convencida de que llegaremos a un mismo fin y temporada juntas. ¡ no seas tan maniática que ni tienes tantas arrugas, ni estás tan desgastada! ¡ nadie te pondría más años que a mí!. ¡te confeccionaron bien, con calidad y te han y te has cuidado mucho!””.

La camisa de la derecha responde. “”Eres una gran compañera. Eres mucho más: eres amiga y eso si que es realmente importante y difícil de conseguir. Cuando dejen de colgarme en el ropero y antes de que sea hecha jirones, podré recordarte como amiga””.

La más joven, se mueve un poco inquieta en la percha.””Si te pones sentimental lo estropeamos todo. Gracias por sentirte amiga. ¿sabes de quién me acuerdo yo con frecuencia, del olor y calor de mi primer amigo. Me entristece pensar en él. Me paseaba por la ciudad con garbo y alegría. Cuando me compró me eligió entre muchas. Durante un tiempo fui su preferida. ¡poco tiempo estuve con él! ¿Te das cuenta de que no podemos hacer cábalas de la duración de nuestra existencia en base a los años?””

“”Es cierto jovencita. El destino nos juega pasadas. Tampoco los hombres saben con seguridad la fecha exacta de su fin. Él también me prefirió entre otras. No tuve celos de ti después. Él era metódico, ordenado y respetuoso y a cada una y en cada momento, nos prestaba la atención que pedíamos. También yo creo oler su perfume y sentir el contacto con su piel.””

La camisa joven añade: “Ves. Tú has empezado en cierto modo lamentándote de tu edad y del tiempo que calculas te resta de vida. Está claro que nosotras, las dos, estamos disfrutando de un tiempo extra, ya que cuando él se marchó, nuestro destino era el abandono o la destrucción y mira ¡dos temporadas casi llevamos vistiendo otro cuerpo y disfrutando de otros paisajes””

“”También lo sé. Vieja pero con memoria. Realmente no nos podemos quejar. Hemos tenido suerte con nuestros dueños. Muy distintos en forma, en años, en pensamientos, en todo, pero los dos, unas bellísimas personas y siendo egoístas añadiré: nos cuidan, no se manchan y se perfuman agradablemente. Cada uno su estilo. Cada uno su momento. ¿Sobreviviremos a ambos?””

“”Chissst, chisst, calla,calla, creo que vienen para llevarnos al armario. Mejor que ella no nos escuche y oiga esta conversación. Con nuestros recuerdos se pondría triste. Ella también recuerda…””

De repente todo está más oscuro. El armario huele a lavanda. Las dos camisas, la joven y la de la temporada anterior se sonríen, se acomodan y encuentran su lugar de amigas apartándose un poco de las otras camisas.

(c)Camyhita, 18 septiembre 2009.fotografía:J.Castellana.

2 de noviembre de 2009

Mujeres con nombre propio.


Eloísa

Hacía más de un año y más de dos y quizá más de cuatro que Eloísa siempre salía a pasear en solitario. Alguna que otra vez con alguna que otra amiga y, de hacerlo con su pareja de toda la vida, su marido, igualmente el paseo era en solitario; él, cuatro pasos delante, ella, cuatro pasos detrás. O sea, salía sola, paseaba en solitario.

Eloísa es una mujer madura. Ha cumplido recientemente 62 años y también ha cumplido, sin celebrarlo, más de 35 años de casada.

Eloísa es una de tantas mujeres de esa edad que no tuvieron una profesión determinada por años de estudio y de realización personal.

Nacida en el seno de una familia normal, trabajadora, sin estrecheces económicas, ella fue al colegio y después aprendió mecanografía y taquigrafía en una academia que pomposamente se anunciaba “Artes y Oficios. Contabilidad. Taquigrafía y Mecanografía. Especialidad: Enseñanza para señoritas”.

A los 17 años empezó a trabajar en unos grandes almacenes de cajera, pero no era el trabajo que ella deseaba y tampoco para el que se había preparado estudiando. En poco tiempo lo abandonó y en casa no le pusieron pegas, entendían que la niña había cursado tres años de estudios en la academia y su futuro estaba mejor en un despacho que no detrás de una caja registradora cobrando.

Después de más de tres intentos en diferentes comercios y oficinas siniestras, parecía que había encontrado su lugar en el despacho de un abogado joven y allí, trabajó mañana y tarde, durante más de quince años. Allí se sentía realizada y allí conoció al que después sería su marido.

Juan era cliente del abogado para el que trabajaba Eloísa. Era un hombre de pueblo y el abogado le llevaba el papeleo de renta en Hacienda y todo lo referido a la Seguridad Social de los obreros que tenía trabajando en su finca.

Eloísa y Juan se casaron a los pocos meses de conocerse; antes del año y se establecieron en la ciudad. Eloísa acompañaba a Juan al pueblo prácticamente todos los fines de semana y durante todas las vacaciones veraniegas. Eloísa estaba feliz en su matrimonio y en su trabajo. Plenamente realizada.

Después de dar a luz el primer hijo Juan y la familia la hicieron comprender la bondad de abandonar el despacho y dedicarse al hogar ¿qué mejor sitio para una mujer joven y con un bebé recién nacido? Además, las tierras de Juan les permitían vivir desahogadamente, y en caso de necesidad, Eloísa podía tener ayuda externa en casa.

El tiempo pasó rápido y veloz, los tres hijos de la pareja se hicieron mayores y buscaron su propio hogar. Eloísa y Juan se quedaron solos en casa, como al principio, pero distinto.

Aproximadamente hace ocho meses o nueve que Eloísa entre semana está sola y relajada. Tiene una vida sencilla sin grandes novedades pero en su rostro y en su forma se le adivina tranquila, segura y feliz.

Invariablemente cada sábado toma el ascensor con una minúscula maleta de fin de semana e invariablemente Juan la está esperando en la puerta de la calle. Felices se besan y una vez en el coche abandonan el barrio con destino desconocido. El domingo por la noche el beso es de despedida, Juan se marcha y Eloísa toma el ascensor que la llevará a su piso y hogar.

Las vecinas de siempre se sienten inquietas e igual que gallinas alteradas en un corral no paran de cacarear de puerta en puerta, de piso en piso, comentando e imaginando ¿el por qué y cómo de estas entradas y salidas de Eloísa y Juan?

La pasada semana, puntual, a lo hora de cada sábado Eloísa maleta en mano, cerró con esmero la puerta de su casa y compartió ascensor igual que otras veces, con una vecina, pero en este sábado que nos ocupa la vecina se atrevió a preguntar

¿Eli, cómo es qué ahora estás siempre con Juan de fin de semana y se os ve tan felices? Eloísa sonriendo abiertamente le dice “No se nos ve, es que somos muy felices estando juntos””¿Entonces, por qué os divorciasteis?

Muy fácil: me harté de lavar calzoncillos.

©Camyhita, 20 de agosto de 2009. Fotografía:J. Castellana

26 de octubre de 2009

Vacaciones



Cuando las cosas se repiten una y otra vez acaban por ser de una monotonía abrumadora; las vacaciones también se retipen año tras año y casi siempre por inercia o necesidad en el mismo mes…

Clara durante este largo descanso estival, ha estado haciendo las mismas cosas que otros veranos pero a la vez se ha buscado variantes distintas.

El sol ha lucido sin tacañería día sí y día también y Clara no ha perdonado ningún baño; se ha sumergido buscando peces nuevos e igual que una niña ha tratado de acariciarlos con la mano. Los momentos silenciosos bajo el agua con el sonido tan sólo de su propia respiración, son recuerdos que almacena para disfrute en los largos meses de invierno. Los paseos bajo el agua de la mano de su pareja descubriendo nuevos colores y nuevas rocas en dónde descansar, han llenado su espíritu y ser, de concordancia con el medio en el que se sumergía.

Clara ha leído con ansiedad. Siempre le ocurre lo mismo, empieza un libro, se mete de lleno en él y se desespera por llegar al final porque siempre tiene otro en espera. Disfruta y mucho de la lectura. Si duda es su mayor placer. Sin leer siempre comenta que no podría vivir. Es un poco hiperactiva y por ello lee con voracidad pero fundiéndose con la historia y, casi, casi, formando parte de ella.

Las escapadas en vacaciones son cortas en su duración, un día, dos…Se empapa de paisaje, de luz, de color y de la gastronomía del lugar. La rigidez de los menús de la ciudad dejan paso a la abundancia de la comida mediterránea y, nuevamente, regreso a la costa.

Siempre olvida el despertador, pero este año, casi a diario a programado la hora para levantarse y cumplir el número de kilómetros establecidos e incluso ir bajando los tiempos . En la Cursa de la dona próxima quiere mejorar su tiempo.

El macizo del Mongrí es inacabable y Clara cada mañana se ha introducido primero por un camino en el bosque; camino y bosque cercano a casa y serpenteado de pinos, olivos y en las orillas del camino matojos gigantes de hinojo, avena loca, jara y otros arbustos y hierbas, para después adentrarse en una carretera muy estrecha y ahora cerrada al tráfico por el riesgo alto de incendios y comienza el recorrido marcado desde un principio y en busca del cruce de carreteras y árbol gigante que le marca el final de la subida y la necesidad de realizar el giro para el regreso.

Cada mañana siente que el árbol gigante está anhelante esperando su llegada, su abrazo y mueve la gran copa despidiéndole hasta la mañana siguiente.

Durante la subida y bajada se reconocen después de tantos días algún que otro grupo, o solitario ciclista, caminantes de todas las edades, corredores preparadísimos con i-pod de música y a la vez contador de pulsaciones, pasos…

Las curvas son cerradas, la subida empinada, los arcenes de la carretera están cubiertos por una capa muy espesa de una pinaza dorada que brilla con descaro cuando el sol descansa en ella y es más marrón cuando la sombra del propio pino la protege. Clara observa esta bella alfombra pero tiene cuidado de no resbalar al pisar sobre ella. Clara sin dejar de escuchar la música que en cierto modo la marca el ritmo, observa infinidad de insectos que recorren en grupo la carretera y que lamenta darse cuenta de que a más de uno lo habrá dejado sin viaje de regreso.

Su mirada se dirige cada mañana al cartel que recuerda el incendio de hace ocho años asoló el lugar y le aparece la imagen de la persona que lo provocó intencionadamente. Ese cartel también le recuerda a Clara que está justo a la mitad del camino de subida.

La ladera de esta parte del bosque ya está generosamente poblada, a pesar de que sus árboles son todavía muy pequeños y en ese tramo, la gorra visera, cumple muy bien la función de resguardarla del sol.

Ayer, se repitieron los saludos con los que subían y bajaban, con los ya conocidos y con los nuevos. En un momento determinado, Clara corría relajadamente y de pronto una mano le palmeó y pellizcó en el trasero. Tres ciclistas silbaron, corearon y rieron ese palmeo, ese pellizco y Clara también, esa mano llevaba una alianza igual a la que ella lleva en su mano izquierda.

©Camyita, 20 de agosto de 2009.Fotografía: J. Castellana

19 de octubre de 2009

Mujeres con nombre propio.


Dalia

Lleva meses intensos de trabajo. Está cansada pero muy feliz. Trabaja muchas horas en el bufete y saca horas de donde no las hay para organizar todo, amueblar el apartamento de la playa y que será su vivienda de casada, pelear con pintores, fontaneros, los del parquet…¡con todos!. Nada la detiene ni por nada se cansa. Todo es poco para que ese día sea su gran día.

Dalia es muy joven, casi una niña. Su pareja y futuro marido también es casi un niño. Han tenido un noviazgo convencional desde adolescentes. Han comido o cenado en casa de los padres de uno y de la otra cada sábado o festivo y su única excepción no convencional, fue irse a vivir al apartamento de uno de los padres en la playa durante un año más o menos.

En apariencia lo tienen todo, guapos, jóvenes, ambos con estudios terminados y trabajando en sus profesiones, ambiente familiar que les apoya y sin problemas. ¡Es casi de obligación el que Dalia se sienta feliz y proyecte su futuro con ilusión y su boda buscando la perfección!. Además se quieren, él y ella, se quieren mucho y tienen muchos proyectos para el futuro.

Naturalmente este trasiego de nervios, de preparativos, de compras, de elección de iglesia, vestuario, invitados, etc. También es compartido por los padres…

Es entonces cuando los intestinos de todo este evento o montaje empiezan a moverse, a engullir, a digerir, a defecar.

“” A la tía Elisa no se la invita. ¿no recuerdas que ella no nos invitó a la boda de la prima?. A Javier ¡ni soñarlo! Hace tiempo que me ve por la calle y me saluda casi por obligación. –Oye si no se invita a mi primo, a tu prima de Albacete, tampoco ¿qué trato tenemos con ella o con su familia?- Los otros son unos envidiosos, los demás allá me caen gordos….”

Y así se va preparando la lista de invitados y se van dado cuenta los unos y los otros, de que hay mucha familia a la cual, o bien no se la quiere nada, o se guardan muchos rencores. Con los amigos no hay problema. Los amigos estarán todos y los compromisos profesionales también. Siempre pueden salir mejores pactos y futuras inversiones. Fulano, mengano y zutano ¡ en primera línea, faltaría más!.

Dalia y su prometido ( también han hecho intercambio de regalos y petición de mano ¡las personas de su clase social no pueden pasar ninguna norma por alto!) siguen ajenos a todos estos tejes y manejes y eligen por separado sus mejores galas para ese día en el que quieren y serán los protagonistas absolutos de la película.

El estómago insaciable sigue devorando invitados, las bilis corroen las entrañas, las frustraciones de años atrás salen a la luz, el revoltijo de intestinos ya es imparable, las descalificaciones saltan a la luz, las tripas suenan y al final defecan y todo huele fatal.

Afortunadamente los adultos que intervienen en estos flujos intestinales tan sucios y mezquinos no comentan en casa, a su propia familia, la turbulencia y suciedad que circula por ese otro estómago de apellidos iguales pero de trato tan desigual. ¡Ya que los mayores son tan mezquinos al menos que los más jóvenes se mantengan limpios.!

Los novios entran en la iglesia emocionados y perfectos. Dalia sonríe a todo el mundo. El futuro está sonriendo abiertamente para ella, para ellos. Se lo merecen.

Todo ha sido perfecto. Ya se han convertido en marido y mujer. Las familias parece que han recobrado la cordura y están presentes y afortunadamente, ambas, han sabido callar sus desavenencias, rencores, envidias y no han dicho nada a los novios, a sus hijos ¡Han sido adultos y elegantes!

….pero ¿qué es eso? ¡horror! Dalia sale de la iglesia tan sonriente como entró, más, en la larga cola de su vestido blanco, se ¿adivina? ¡No!¡se ven unas manchas de mierda!

(c) Camyhita, 13 de agosto de 2009.Fotografía: J. Castellana