18 de marzo de 2012

Una mujer, después del 8 de marzo


Este año no he ido a la manifestación. El pasado año tampoco, y, estoy casi segura que el anterior también me quedé en casa. Día de la mujer. Se ha escapado ya de la convocatoria lo de “trabajadora” ¿Acaso existe algún ser, hombre o mujer, que no tenga como destino el trabajo?.
Me he quedado en casa, sí, sí, sí, ¡trabajando!, he salido fuera de casa ¿dónde? ¡ a trabajar!  Ocho horas prorrogadas, sin horas extras, en el maldito supermercado, empresa modélica, que nos esclaviza con un sueldo seguro y nos margina un poco más, por ser mujer. 
El pasado 8 de marzo, como cada día, aproveché los minutos libres para preparar comidas para el fin de semana y así, poderme permitir, en el caso de que luzca el sol, escaparme a tomar una cerveza en alguna terraza de la playa.
El 8 de marzo, Día de la Mujer, ¿ y qué? Me he hastiado de gritar en primera línea, de salir con frío o calor, como me he cansé en su momento de quitarme el sostén y clamar igualdad. De declarar feminismo.
Día de la Mujer, el 8 de marzo, y ¿ qué pasa con el día 11, 12, ó 28? ¿Han desaparecido las mujeres? No. Están esos días trabajando ,  a lo mejor, y no me he enterado, es que ha desaparecido lo de 8 de marzo día de la mujer trabajadora, porque ese día, justo ese día, las mujeres tenemos fiesta. Es posible ¿ Será posible que en esta maldita y maravillosa empresa nos lo haya ocultado?. Yo, ese día trabajé, lo juro.
8 de marzo, día de la Mujer. Igualdad, feminismo ¿ Dónde queda todo? 
Día de la Mujer ¿ las asistentes jóvenes se mantendrán firme en sus proclamas?.Me temo que el sistema las absorberá e igual que los políticos, olvidarán, sus promesas , promesas para con los demás, en su actuación, y para ellas mismas en su planteamiento vital.
Todas, todas, girando en la rueda como vulgares ratones o conejos y, además, muchas, felices de que el dueño les compre pipas...
8 de marzo, aventuro que muchas de ellas, un elevado porcentaje de las más jóvenes que se han manifestado, en cuestión de veinte o treinta años, acabarán cuidando en solitario, a algún padre o suegra, y ellas, sólo ellas, limpiaran culos de nuevo y no dejarán de ir al trabajo, y a limpiar su casa los sábados, y antes, muchos años antes, por la noche, al regresar a casa y después de bañar a los niños y acostarlos, y  dará y seguirá dando de cenar a su marido o pareja, que la espera tumbado en el sofá, o, a lo sumo, habrá mal puesto la mesa.
Borraré el día del calendario, 8 de marzo, y ya no tendré inquietud por los martes y trece, sentiré escalofríos por los  ocho de marzo, porque ya sé que no sirven para nada. 
Mi cabello blanquea, mis fuerzas me abandonan y sigo girando en una gran rueda, con esfuerzo. Nunca me han dado las pipas para mantenerme ágil, siempre he sido un hámster femenino.
Se acabará la rueda,el rodar, el girar, se terminarán los 8 de marzo, cuando yo, encuentre descanso por fin.





“”Hablar contigo siempre ha sido una experiencia agotadora. Desde el primer momento, casi desde el primer día que te conocí, tuve la sensación de que intentaba hacerme comprender por un viejo senil. Ahora que de verdad eres esa clase de viejo, la sensación se ha vuelto ya, insoportable.”””Yo también estoy vieja. Precisamente por eso prefiero quedarme sola y tratar de descubrir quién soy sin ti, sin tu maldita vejez que se pasa todo el día pegada a mí””El viaje vertical de Enrique Vila-Matas


(c)Camyhita, marzo 2012

4 de marzo de 2012

Una mujer, una becaria


Miro insistente el reloj. Acelero el paso al ver la hora. Sería la primera vez en cuatro meses en que llegase tarde. Un mohín de desagrado se dibuja en mi rostro. Llevo un zapato muy cómodo y vuelvo a acelerar el paso. No me gusta la impuntualidad. No la soporto en mis citas y a ellas, llego siempre con tiempo suficiente para comenzarlas. La puntualidad es un hábito, ya marcado para siempre: desde muy pequeña, me fue inculcado en casa, en la educación recibida. Y no me ha ido mal. No hay que ser maniática, pero sí, hay que tener un orden y unas normas inamovibles. He comprobado que me hacen la vida más fácil.
Atravieso a buen ritmo el Paseo de Gracia. El Palau Robert ya esta a mi alcance. Dos minutos más y me encuentro en Rambla de Cataluña. 
Tres veces por semana hago la misma ruta. Cada vez, cada día cuando vengo, me sorprende la luz dorada de este fin de invierno y  el olor, adivinatorio, de una cercana primavera. Seguramente los tilos son los culpables del aroma. 
La jirafa coqueta, una tarde más me sonríe y yo, imito su coquetería y me arreglo la melena en el reflejo que me ofrecen los cristales del edificio que tengo enfrente...
Esta ciudad ya es mía. Hace cuatro años, recién llegada de Hxx, nada más poner poner los pies en el suelo, al salir de la estación y enfrentarme a su mundo, lo supe. Aquí está mi casa.
Ya llego a mi destino. La casa de estilo modernista, ahora ya no me inquieta como la primera vez que traspase el umbral y me encontré y sentí perdida, en aquel vestíbulo inmenso, en el que el mármol, en blanco y negro, jugaba con las luces y se hacía dueño de todo, y yo, diminuta y cohibida, apenas pude encontrar el conserje para que me facilitara la entrada a la dirección que llevaba escrita.
Hoy es diferente, sonrío segura y me encamino a la planta principal. Casi de dos en dos, a tramos lo hago, supero la amplia escalinata de mármol blanco y con una llamada propia, siempre la misma y la convenida, la gran puerta de ébano se abre despacio y me ofrece la casa entera.
En mi box, cambio con rapidez la ropa de calle por la de trabajo. Ojeo la hora y compruebo que tengo casi quince minutos antes de comenzar. Mis ágiles pasos y largas zancadas han conseguido que pueda enfrentarme a mi trabajo de forma reposada y tranquila.
Falda, blusa y chaqueta,cuidadosamente las cuelgo en el armario; el ligero chaquetón en otra percha , al lado, encuentra su aposento durante un par o tres de horas.
Repaso el carmín de los labios manteniendo, no obstante, el mismo color natural, suave tono anaranjado, el pelo con rápido movimiento lo recojo en un ligero moño bajo, que de inmediato se esconde y encuentra su lugar en la cofia que con su blancura impoluta resalta el color oscuro de mi cabello.
Ante el espejo de cuerpo entero, me ajusto el diminuto delantal blanco, giro y aprieto mi pie en los altos zapatos negros de tacón imposible y ante la luz encendida y urgente que me avisa, me dirijo a atender a mi primer cliente.
Esta tarde he tenido suerte, la primera imagen que de él tengo, es agradable. Se parece a otros tantos clientes de su misma edad, de unos cuarenta años de edad, alto ejecutivo, profesional de la zona- casi todos abogados- que reservan esta hora primera de la tarde para recibir su masaje.
El segundo de hoy es menos agraciado de cuerpo pero estoy segura de que ha tenido mayor fortuna en su carrera y economía. Es conocido .Comienzo mi masaje sin mostrar sorpresa ante su entrada. Las bolas, que sé que le agradan las tengo cerca, mientras, mis manos trabajan su espalda. Ambos estamos ahora de pie, el gran espejo de la pared nos muestra nuestra imagen. Me aprieto contra su espalda y mis manos masajean su muslos. El roce de mis pechos en su espalda actúan de inmediato, quiere girarse, pero con un golpe en el lugar adecuado le hago saber que no puede. Ahí está el juego del masaje, yo puedo toquetear cualquier parte de su cuerpo y ellos no pueden tocarme a mi.Pueden, eso si, ver mi cuerpo que se escapa y que no puede tapar el delantal blanco.
He terminado con el tercero. Algunos de mis pañuelos de seda, sin usar, los doblo con cuidado y mañana pueden tener el mismo uso. tapar los ojos, atar muñecas... otros, ya han cumplido su misión  y no volverán a jugar. Bolas, cintas, esposas,plumas, todos, todos mis utensilios, los coloco y guardo con orden y primor. Mi delantal lo dejo en la papelera que mañana tendré otro impoluto. 
Me pregunto sí yo pagaría tanto dinero por recibir un masaje y a la vez no puedo tocar, ni casi hablar con la persona que juega con mi cuerpo. Ellos sí, a ellos les encanta. Con la experiencia que voy adquiriendo, ellos no pueden aguantar mucho y explotan en su placer al poco rato. Pocos sobrepasan los veinte minutos. 
Unas amigas me esperan no muy lejos. Un café cargado nos ayudará a contarnos nuestras cosas y preparar las próximas vacaciones de semana santa.
Me gusta mi trabajo. Saqué muy buenas notas en la Blanquerna como psicoterapeuta. Tengo esperanzas de conseguir plaza en un centro oficial. El próximo año será decisivo en mi carrera. Ahora, en estos momentos, estoy bien así, me gusta y gano un buen sueldo. No importa nada más.
Acaricia la carta que en el bolso guarda. Es de sus padres. Recibida hoy mismo: “Hija estamos orgullosos de ti. Felices de que hayas encontrado trabajo como becaria, en ese centro tan importante de la Rambla de Cataluña. Te mereces lo mejor. Un beso. Papi y mami.”

(c) Camyhita, marzo 2012. Fotografía: casa de Reus móvil Camy

19 de febrero de 2012

Una mujer ¿un sueño?


Ocurrió un día de enero, un día de claridad cegadora, mucho sol y frío intenso. No pensaba en nada concreto, es más, no pensaba, al menos eso creo recordar. Me dejaba llevar por mis pasos sin buscar un destino o meta supuesta. Caminaba, eso era todo. En aparente abstracción contemplaba el paisaje, descubría nuevos edificios de esta Barcelona abierta al mar y los pensamientos, de tenerlos, entraban y salían libremente de mi mente. Ora apretaba el paso, ora lo calmaba.

En determinado momento y como todo lo que estaba sucediendo y haciendo ese día, sin saber cómo o porqué, me senté en un gran banco, el único que estaba libre. Ahora, al cabo del tiempo, tengo la sensación de que me estaba predestinado, estaba desocupado para mí.

El suave sol invernal templó mi rostro y, un sopor, no esperado, me invadió. Ahora, me veo, tal y cómo desperté, con la sensación de haber estado en profundo sueño, toda una eternidad. ¿Habré sentido la mística de aquel santo varón, Virila, que embelesado al escuchar el canto de un ruiseñor, durmió toda una eternidad?

En aquel dormitar no planeado, luego, de sueño profundo, me encontraba yo, en un lugar cegador, pleno de luz, apenas podía abrir mis ojos; al hacerlo, los párpados volvían a cerrarse y así continuamente, hasta que por fin, mi deseo fue mayor y mis ojos se abrieron, y observé y traté de escuchar sin comprender.

Una docena, por lo  menos seis o siete cabezas, se inclinaban hacia mí. Movían los labios y cambiaban palabras entre sí, los unos con los otros. No podía comprender. Sus caras me eran totalmente desconocidas. ¿En dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Qué es lo que quieren decirme o qué se dicen ellos mismos?

Yo, no podía preguntar porque por más que lo intentase, mis labios temblorosos no emitían voz al exterior.

Mil veces pretendí hacerme entender, y tras un largo y angustioso espacio de tiempo, uno de ellos, con bata blanca y con un gorro de color verde cubriendo su cabello, percibió el movimiento nervioso de mi boca y el tic constante de mis dedos, de todos los dedos de ambas manos.

Las voces callaron, los labios se pararon, sus bocas, las bocas de todos se cerraron. Nadie dijo nada y de pronto, lo entendí todo. Me estaba muriendo en un quirófano. Lo peor era recibir la angustia de tantos ojos mirándome y ningún rostro conocido. De inmediato quise dejar todo arreglado. Es mi manera de ser, evitar problemas a los demás ¡la protectora que llevo dentro!

Apreté los párpados con fuerza, mandé todos los impulsos nerviosos posibles a mi cerebro y le ordené que no podía quedarse parado. Tenía que conectar todos los circuitos y funcionar. Después de unos segundos muy largos, abrí los ojos y entre todos aquellos hombres y mujeres, estaba él. Me relajé. Lo había conseguido. Él no me entendía pero yo supe de mi salvación

Todo eso pasó por mi mente, o en mi sueño, en aquel banco en el que me senté a descansar. Confieso que eché a andar un tanto inquieta por ese sueño. De aquel paseo, no recuerdo nada más.

Todo estaba olvidado. La rutina se apodera de uno  y el devenir diario ha seguido su curso sin sobresalto alguno que reseñar.

¿Por qué  precisamente ahora mi memoria me ha arrojado ese recuerdo? Abro con lentitud mis ojos, de nuevo mis párpados no quieren obedecerme, la pesadez de los mismos, consigue que desista en el intento.

Hoy, como entonces, las voces resuenan en mi cerebro, y no logro hacer inteligible lo que dicen.

Mi cabeza está embotada y no he bebido nada. Mis ojos están cerrados y yo no quiero dormir.

Un nuevo intento. Los potentes focos me deslumbran. El grupo de cabezas, casi todas masculinas, se inclinan hacia mí. No les escucho. No me interesan. Trato de incorporarme y veo el camisón hospitalario levantado hacia mi pecho. Estoy atada y, ahora sé, que en unos minutos, sus manos me mancillarán. Algo de mío se van a llevar.

¿Volveré a ver su cara entra las demás o  esto no es un  sueño?

©Camyhita, febrero 2012.Fotografía: Blimunda.