
El cielo está plomizo. El ambiente caluroso, húmedo y muy pesado. El regreso de las vacaciones tan reciente colabora en que el camino hacia la normalidad se haga más empinado y lento de aceptar.
Esta mañana el medio de transporte ha sido el autobús. Bajo tierra, con esta atmósfera gris, cargada de humedad, se acentúan los calores de los pasillos y los andenes de espera del tren, y terminan convirtiéndose en insoportables..
Por suerte la distancia no es mucha y a veces me permite el ir caminando. Hoy he disfrutado con la arquitectura de la avenida Diagonal, la tranquilidad del tráfico, que imagino que es más escaso por el disfrute de vacaciones de algunos, todavía afortunados y por el mismo motivo, la no masificación de ciclistas, que cada vez más y más circulan con rapidez por su vía y también invadiendo la calzada de los peatones.
Sin necesidad de pensar y siguiendo la costumbre dejo la Diagonal, el autobús, y mis pasos se enfilan con ritmo por la empinada calle de esta parte de la ciudad.
No hay sol, una luz casi de atardecer consigue que los perfiles se acentúen. Hoy no escucho. Esta mañana, observo y miro con mayor precisión con quienes me cruzo.
La rutina del tiempo hace que los extraños con los que comparto acera me sean cercanos. Sus rostros, su figura, su manera de caminar, de vestir, ya me son familiares, pero hoy es distinto, se muestran ante mí con este cielo sin nubes y sin sol, con este ambiente sin aire, con un perfil diferente.
Los adolescentes guapos y guapas de la zona no están. No han empezado las clases y por tanto. ellos, con sus uniformes de colegios caros, sus melenas brillantes, sus cinturones y minifaldas imposibles, algunos con su forma descuidada-estudiada-pija de andares y miradas duras, no entran hoy en mi camino.
Como cada mañana, a la misma altura, me sorprende el gesto adusto de una mujer de mediana edad, vestida con sencillez, cada día con diferente modelo y de confección perfecta, que con su mano derecha sujeta con seguridad las correas de cuatro westeis ( wet higland white terrier). No me parece que sea tierna con ellos y desde luego, por la edad, no creo que sean mascotas de unos hijos pequeños… Hoy, especialmente, siento que los saca a pasear, siempre a la misma hora, con tranquilidad, accediendo a los descansos de sus perros, pero incapaz de jugar, de darles un poco de cariño o hablarles ¡aunque tan solo sea para darles una orden!.
Siguiendo la misma rutina diaria, un poco más adelante, observo al señor japonés, yo creo que jubilado, y al que también le adjudico la convicción de que con su airedale terrier, se siente como con un amigo. No es la primera vez que desearía una vejez así para tantas personas…
Otras mañanas no me había dado cuenta. Hoy, observo que, prácticamente todos los porteros de la zona, son jóvenes y asiáticos, ¿serán suplentes de verano?. Limpian su espacio con esmero.
Me adelantan con rapidez algunas mujeres que por sus ropas, calzado, pelos y formas, no me queda ninguna duda de que van presurosas a limpiar en casa ajena…
Echo de menos a la farmaceútica del barrio que sale del garaje de su casa, despedida por el portero de la finca y sentada en su silla de ruedas eléctrica . Todos los días con sonrisa abierta, saluda a cuantos con ella nos cruzamos. La farmacia está cerrada. No hay duda de que disfruta de un merecido descanso.
Delante de mí, camina una de tantas mujeres prototipos de la zona; mujeres jóvenes de espaldas, de perfil con boca de pato y piel estirada, sin expresión. Hay muchas iguales, a estas horas van a masaje o a reconstruirse.
Es temprano.No la encuentro, pero también comparto estanco con una modelo ya mayor, muy famosa en su juventud, creadora de escuela de modelos y ahora mantiene cuerpo y elegancia pero irreconocible su cara. Recuerdo una fotografía de ella y la veo ahora…. ¿Hasta cuando intentará mantener esta farsa?
Me cruzo con dos personas nuevas en mi memoria y en mi recorrido rutinario de esta calle y a estas horas. Un matrimonio mayor. Calculo que ya han cumplido los setenta y muchos. Él viste correctamente y ella, con unos pantalones de color azul oscuro, de punto de seda y una pata de elefante exagerada pasada de moda. El cinturón blanco también es un despropósito de tamaño. Me pierdo en la parte superior. Me impacta su pelo negro con media melena teñida de azabache. Su delgadez de jovencita anoréxica. Su maquillaje extremado y su mirada perdida.
Me siento aún más agobiada que al salir de casa. Todo es gris y a las personas a las que he mirado, en general no me han agradado.
Diviso el edificio con las tres banderas. Los jardines recién regados y todavía coloreados por diferentes plantas.
Salvo el semáforo y me adentro a la rutina y la primera de cada mañana está ahí esperándome: la máquina de café.
©Camyhita, 3 de septiembre de 2009