28 de enero de 2009

Mi amigo



Han pasado 365 días, o casi, y yo sigo pensando en tí. Te recuerdo, puedo decir que diariamente y también digo que no quiero olvidarte. Hoy te escribo como otras tantas veces te escribí. Ahora no espero respuesta, pero imagino tu sonrisa al leerme y el brillo de tus ojos. Y así, de esta manera, recordándote, me respondes.

Ni siquiera me pregunto el porqué de tu marcha, de tu enfermedad, de tu ausencia. ¿Por qué uno y no el otro? No me inquieta pensar, si Dios, el destino, la naturaleza, eligen a unos u otros, los buenos, los fuertes, los débiles, los mejores, los peores…Nada mi importa y no espero respuesta, ni científica, ni médica, ni de fe, ni de nada. No estás, te fuiste y eso me basta, pero no quiero olvidarte.

Fuimos amigos desde hacia mucho tiempo. Realmente compartimos AMISTAD durante los dos años o más que duró tu enfermedad. Enfermedad jodida como ninguna, con un principio silenciosa, de muchos años desarrollándose sin ruido y después, cuando aparece, minándote físicamente y manteniendo tu cerebro alerta, como si la puta enfermedad quisiera que estuvieses consciente de ella todo el tiempo, hasta que te venció.

Egoístamente he de agradecerle ¡cómo me atrevo a decir esto!. ¿agradecer a “algo” que te llevó de este mundo?., pero amigo, te descubrí. Nunca pensé que nadie podía ser tan valiente y tú hasta el final fuiste el más valiente de las personas que he conocido.

Cuando salimos de fiesta, de viajes, de cenas, nos reímos, hablamos, nos evadimos, pero no siempre nos conocemos. Somos lo que los demás quieren que seamos. Nos mostramos alegres, simpáticos, ganadores…Cuando supiste que todo esto acababa, te buscaste a ti mismo y los demás también hicimos retrospección de valores y por primera vez nos vimos tal y como éramos y nos buscamos en la Amistad y te admiré y te quise y te comprendí. Ahora te añoro, pero sigues siendo mi amigo.

Estando contigo y al ver la sonrisa y saber el esfuerzo que hacías para recibirnos, para levantarte, para hablar, las lagrimas las guardaba para mi soledad. Ahora te escribo y como no me ves, dejo que corran suavemente por mis mejillas y un suspiro se me escapa de mi garganta. Casi un ahogo.

Ahora amigo, ahora, he abierto una página web y me recrimino el porqué no lo hice antes; durante el tiempo en que pasabas las horas evadiéndote e informándote en la red. Estoy convencida de que me hubieses leído con cariño y me hubieses hecho las críticas reales que hubieses sentido.

Barcelona, la ciudad, colabora en que no te olvide ¡cómo si eso fuese posible!. En la esquina de la avenida de la Diagonal con Paseo de Gracia, cada día, cuando paso, recuerdo aquel paseo y aquel atardecer que vimos juntos y acompañados de nuestras familias; el bar de Rambla de Cataluña en donde nos tomamos una cerveza, esta vez los dos solos, el día que yo no fui a trabajar y te dediqué la mañana, bueno amigo, pues siempre que paso ahí estamos tú y yo sentados, hablando y dejándonos acariciar por el sol de primavera. Cuando leo un nuevo libro nuevo y que me ha gustado mucho, me entristece el pensar que no puedo recomendártelo. Las librerías, tu pasión, también consiguen que tu recuerdo permanezca vivo en mí.

A todo se pone fin en esta vida. Mejor que nadie lo sabes tú. Pongo fin a esta carta que te escribo, ahora que va a hacer 365 días que estoy sin tí, pero no pongo fin a mi recuerdo, tu calma, tu inteligencia, tu generosidad y sobretodo tu sonrisa, estarán siempre conmigo, en mi recuerdo. Te quiero.

©Camyhita,enero 2008.fotografía:J.Castellana Han pasado 365 días más.

22 de enero de 2009

Mujeres, diecisiete.


Carla tiene los días ocupados. Muy ocupados. Y a veces se queja, se queja mucho de lo corto que es el día, de la cantidad de cosas que hace y de lo mucho que ahora se cansa, ¡está harta!
Carla trabaja fuera de casa y el horario a pesar de ser cómodo (media jornada) exige que madrugue y cada día madrugar…
Carla tiene ayuda en casa, mínima, pero su ayuda mínima, hace los trabajos máximos.
Carla tiene familia y la familia es hermosa y bella y enriquecedora pero ¡que c…! No ayudan nada. Dan trabajo y un día tras otro, un año, tras año…
Carla lleva la organización de la casa, del despacho del marido, los deberes de los hijos –cuando lo necesitaban- , el abastecimiento de la despensa, del frigorífico.
Carla cada mañana o tarde sigue oyendo ¿qué me pongo? ¿en donde está…?¡ no queda azúcar!
Carla llega una hora en que desaparece y se encierra y lee y escribe y habla y no quiere oír tv, ni escuchar a hijos, marido, ni saber de comidas, ni de compras, ni de …
Carla tiene amigas y con ellas, se escapa a comer, al cine, a charlar y ha descubierto que la amistad es importante cuando una es adulta. La amistad es tan importante de mayor como de adolescente.
Carla se cuida. Camina mucho y lo hace a veces en solitario y le gusta caminar rápido sola y pensar y soñar e imaginar. Cuando lo hace acompañada es otra cosa, otro ritmo y ya no piensa: comparte, que también es estupendo.
Carla al menos un par de veces va al club, al gimnasio al acabar la tarde. Como siempre regresa rápida a casa para seguir ejerciendo de madre y dar de cenar a los hambrientos (en sentido figurado) y en sentido real, la más de las veces, vuelve cabreada de tantas obligaciones.
Carla se fija en un grupo de hombres y mujeres jóvenes, algunos menos jóvenes que, en los contenedores del supermercado, al lado de su casa, han sacado y reparten con orden de lonja, todos los productos de la noche. Los ha observado una noche y otra también.
Carla se avergüenza de quejarse para sí misma o en voz alta. Ella hace el pedido y se lo llevan a casa. Ella no tiene que ponerse a la cola por la noche en el contenedor.
Carla recuerda que una mañana, cundo iba a coger el autobús, tres personas muy ancianas, llegaron a la esquina de la calle, miraron y con una tristeza que les envolvió el rostro y sus cuerpo diminutos se encorvaron todavía más. Murmuraron ““ya ha pasado el camión, hemos llegado tarde…¿qué haremos?””
Carla supo que el camión, era el de la basura, y que, esos ancianos tenían la costumbre de mirar y coger comida de los desperdicios antes de que se los llevaran.
Carla sigue malhumorada

©Camyhita 21/03/2008.fotografía:J.Castellana.

18 de enero de 2009

Oleaje


Sumergida en su mar querido, se deja mecer suavemente por las olas.

Se balancea, se despereza, se hace un ovillo y se estira.

De vez en cuando agudiza su oído para escuchar el silencio.

Otras veces escucha los susurros, voces apagadas, gemidos.

Se percibe cálida, húmeda, mojada. La temperatura no cuenta. No existe el frío o el calor.

Asoma la cabeza y contempla el vaivén continuado, azul, brillante, acompasado.

De nuevo se sumerge en este mar suyo calmo, sosegado, y una y otra vez se deja mecer por las olas y éstas le llevan una y otra vez a la orilla y la envuelven de nuevo y vuelven a empezar.

Es un baile sin música pero en el qué no se pierde el compás. Existe ritmos distintos, cadencias, tonos, pero se pasa de uno al otro sin fatiga, sin hastío, sin programar, queriendo…

El silencio compartido. La visión a veces borrosa. La llamada de no poder más.

Golosamente, nada más lenta. Se coloca en la superficie, mira al cielo y se deja llevar. ¿Adonde? ¡A la irrealidad más real.!

Cuando las brazadas han sido continuadas y muy duraderas se siente cansada y se desliza sin apenas movimientos a su cala preferida, de poca profundidad, de agua  cálida, de guijarros muy pulidos y suaves y allí, descansa unos minutos y se deja acariciar.

Pero el mar, su mar le llama, no puede detenerse y nuevamente se agita con bravura. Es un mar calmo en apariencia pero bravío y devastador a la vez.

Hace rato que las olas han vuelto a su acompasado vaivén. El silencio, la soledad, la propia respiración y el agua lo llenan todo, y ella, ella que ama este mar, suavemente se incorpora para contemplarlas pero se encuentra con la colcha de color azul brillante depositada a los pies de la cama.

La última gran ola se ha desprendido de ella. Ha sido arrojada a la arena.

©Camyhita, 28 /12/2008.Fotografía. J. Castellana

12 de enero de 2009

Mujeres, dieciséis.


La casa era un laberinto. Su vida había sido laberíntica. Su futuro tenía trazas de no encontrar la salida.

Ella fue de las primeras mujeres allá por los años ochenta, finales de los setenta que tocaba en un grupo musical (así se llamaban entonces). Ella tocaba el contrabajo.

No tenía padre, nunca lo conoció y nunca sintió deseos de ello. Desde pequeña le inculcaron que era un mal hombre. Antes de su nacimiento, abandonó a la madre y a la hija.

Su madre vivía con ella. Siempre la recordaba quejosa y con delantales sucios, en los que se mezclaban las manchas de aceite de la cocina con las de pinturas de distintos colores. Su madre pintaba fondos de belenes. ¡Qué profesión! Nunca conoció a otra madre de otras niñas que trabajaran en algo igual.

Su madre vivía con ella y con ella andaba perdida en la casa laberinto. Buscaba salida al cabo de tantos años, ya mayor, y se encontraba al principio de la carrera y sin fuerzas.

Ella no tuvo hijos. Afortunadamente se decía. “Mis tristezas no las quiero descargar en seres indefensos.”

Muy joven se enamoró de un hijo no reconocido de un aristócrata italiano. Era joven como ella. De pelo azabache ensortijado y que le caía alegremente por toda la cabeza y descansaba en sus hombros y enmarcaba su frente. Era bello, esbelto, alegre y su alegría contagiaba y le hacía reír.

Sin apenas enterarse se encontraron esperando un hijo. Precipitaron una boda, civil, pero boda y cuando todo estaba atado, perdieron al bebé.

Marinel.lo, su hombre, siguió alegre, cariñoso, enamorado. Trabajaba cuando podía o tenía ganas o trabajo. Dibujaba, diseñaba y tenía mil proyectos en su cabeza, proyectos que nunca acababa.

Ella, le llamaba Marinel.lo, Marinel.lo y su nombre le sonaba a melodía, a tarantel.la italiana. Marinel.lo era música para ella.

Ya no tenía ni grupo de música, ni contrabajo; tenía casa, trabajos esporádicos, estrecheces y deudas.

Marinel.lo decidió un día amueblar la casa. Tiró sin pensar más los cuatro trastos de quinta mano que tenían como mobiliario y sin consultar con nadie ni pensar en nadie, llenó la vivienda de tablas y tablones con el fin de, él mismo, diseñar y crear sus propios muebles.

El destino no avisa y Marinel.lo se marchó. Se lo llevó la parca mientras placidamente dormía

Ella, con su madre, intenta vender los pocos utensilios de dibujo de su Marinel.lo. Su nombre y su recuerdo le siguen sonando a música.

Ella camina entre el laberinto de tablas y tablones que pueblan su casa y ya no sabe sí o bien buscar la salida o bien aceptar el destino que su Marinel.lo le ha creado, y como un gran sarcófago abandonar, guarecerse y morir en él.

©Camyhita, 22/10/2008.Fotografía: J. Castellana

 

 

6 de enero de 2009

El viaje


La inquietud se mezcla con la alegría. El deseo con el temor. La ansiedad hace que se repitan las frases una y otra vez con el mismo contenido.

La novedad ha llegado a sus vidas de la forma más inesperada y por tanto ha cambiado el tranquilo devenir de las mismas.

Lo que para casi la totalidad es la normalidad de una o dos veces al año, para ellos, es el acontecimiento de su vida.

Esperaban cualquier regalo. Nunca habían pensado que les iban a regalar el viaje.

En un primer momento se sintieron felices, orgullosos, ¿aún más? de sus hijos. Quince días en el extranjero. Un Tour turístico por diferentes ciudades…

Pasado el primer arrebato, llegaron las dudas ¿ qué llevar? ¿cómo llegar? ¿en donde dormir? ¡que inquietud y problema les había llegado!

El país es lejano. La temperatura puede ser distinta ¿qué llevar?.

El avión sale de diferente ciudad de la que ellos viven ¿cómo llegar?

El embarque es tan temprano ¿en dónde dormir?.

Ellos que tienen un capital acumulado tan importante en negocios, fincas e inmobiliario no han deseado nunca otra cosa que no fuese el vivir tranquilos, disfrutar de sus nietos, de su casa y amigos, pero jamás han deseado viajar, ni salir, ni despilfarrar el dinero en grandes firmas, ni restaurantes de moda, ni ,ni, ni…..

A sus problemas se le añadió el saber que la única manera de que no les abran el equipaje es facturarlo y por supuesto sellarlo, plastificarlo. Eso es lo que harán. Les inquieta que miradas ajenas husmeen en lo suyo.

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Hoy se encuentran en el aeropuerto, en la sala 7 de las salidas internacionales, adormilados el uno sobre el otro.

Están desde las doce de la noche del sábado esperando a las cinco de la mañana del domingo que es cuando han de embarcar las maletas.

Las dos maletas están a sus pies firmemente custodiadas y muy cuidadosamente tapadas con cada una de ellas, una gigante bolsa de basura, que las cubre y las cierra con un primoroso nudo.

© Camyhita, 13/10/2008.Fotografía. J. Castellana.