26 de abril de 2009

Vivir en el centro.

  

Ayer fue de visita. Visitó a su amiga y comprobó que la niña menor crece a ojos vista. Prácticamente no pasan más de dos meses sin que vaya a pasar un buen rato con ellas.

Las visitas familiares y repetitivas de por sí son un tanto insustanciales y aburridas. La visita a esta amiga  adolece de monotonía.

Ayer y como ya es costumbre, tomaron el té con pastas al aíre libre. La mesa y sillas eran nuevas y se adaptaban mucho mejor a la circunstancia especial de la amiga.

El marido no estaba en casa y eso que ayer era festivo. Hace tiempo que no le ve y ya, por discreción, no pregunta por él. ¡Ha recibido tantas respuestas ininteligibles! A lo mejor su trabajo le obligó a ir ayer, festivo. No sé. Bueno, tampoco importa.

La hija mayor, adolescente, se marchó pronto y apenas sintió el roce de sus labios en la mejilla como saludo y despedida. La hija pequeña, la que ha nacido aquí, se mantuvo cerca de ambas toda la tarde. Está tan acostumbrada a la presencia constante de la madre que no se separa de ella.

La madre está preocupada ¿qué será de esta niña el año próximo cuando vaya al parvulario? Jamás, ni un solo instante se ha separado de mí. Juega un segundo con algún niño de los muchos que hay en este barrio, pero rápidamente vuelve al cobijo de “mis faldas”.

Se acostumbrará a la guardería. No te atormentes. Trata de calmarla, la amiga. A estas edades, los niños, a los tres días de estar en compañía de otros niños, se incorporan a los juegos, al grupo…Verás como luego no querrá estar tan pegada a ti.

No sé, no sé…Piensa que todo esto es distinto. Ella por fuerza es distinta a los demás niñas de su edad. Su ambiente, su casa, su forma de vida… Laura, la mayor, cuando vino aquí, cuando decidió mi marido trasladarse aquí con Laura, ésta ya había cumplido los catorce años. Mantiene su recuerdo intacto de su hogar, la diferencia de vida; mantiene a sus amigas, tiene a mi marido y su complicidad. Le ha sido difícil adaptarse a esta nueva forma de vida, pero cada vez tiene menos vida aquí y más vida propia…

No te preocupes cariño. Todo saldrá bien. Algún día podrás volver a la normalidad. Las cosas cambian e inventarán algún método nuevo. Olvidaras todo esto e incluso lo echarás de menos. Sé positiva. Alguna cosa buena ha de tener este lugar. ¡Mira, por ejemplo, nunca estás sola! ¡Estás en el centro de la ciudad! ¡No puedes sentir el agobio de estar encerrada en un piso pequeño! Casi siempre hay personas alrededor tuyo y conversaciones y charlas… algo inusual en una gran ciudad. Ya sabes, cuántos más habitantes, mayor individualismo y soledad.

Amiga, puedo parecerte egoísta Lo seré pero ¡cuánto no daría por volver a la normalidad e incluso a la soledad más absoluta! ¿Puedes imaginarte lo que fue parir a mi hija aquí? ¿Puedes sentir la incapacidad de poder llevarla al parque a jugar?

La niña, con tres años, ajena a la conversación de las dos amigas, se distrae jugando con una casa de muñecas haciendo y deshaciendo la cama de Barbi y cambiándole el pijama.

Cuando anochece se despiden con cariño y con la promesa de volver a verse en menos de un mes.

En el autobús, de regreso a su casa, ella piensa en su amiga y recuerda con nitidez el día en que empezó todo.

Parece un sueño pero es una realidad y han transcurrido tres largos años...

Volvían las dos amigas de desayunar, alegres y quitándose la palabra la una a la otra. Estaban remodelando la calle, asfaltando, cambiando el sentido de la circulación de los coches,  distinto arbolado, aceras más anchas. Su amiga, a punto de finalizar su embarazo, sin mirar, saltó  en busca de la acera y….el cemento la tomó como rehén.

©Camyhita, 8/04/ 2009.Fotografías: Nihasa y Blimunda

20 de abril de 2009

Mujeres, veinticuatro



Eran dos mujeres. Eran y son dos mujeres. Ocurre que ambas se marcharon ya jubiladas. El intervalo de la despedida de una a la otra fue corto, apenas un mes o dos de diferencia.

Fueron consecuentes con su forma de ser hasta en eso. Siempre iban juntas, su trabajo las unió y después la amistad se fortaleció.

Una suerte para ambas el jubilarse casi a la vez. En ese mes o dos en solitario, la que quedó se la veía descolocada y aburrida. No había encontrado su lugar por pleno derecho en tantos años, o quizá, su espacio había estado tanto tiempo compartido con su amiga que, ahora, en solitario estaba hueco.

Eran dos mujeres de grajeo alegre, andaluzas, el catalán como idioma, no había hecho mella en ellas y desde luego, ni aquí, ni en otro lugar, se hubiera cometido el error de llamarlas catalanas, por su acento.

Su corazón sí que estaba “partio”. Llegaron a Cataluña una, siendo una niña y la otra nació aquí. Después su descendencia muy prolífica, eran todos catalanes, muy catalanes, con mucho amor a la tierra, pero con un acento del sur…

Cada mañana las dos amigas-compañeras, vestidas de color azul y blanco empujaban planta por planta su carrito de la limpieza y no olvidaban nunca sus guantes de goma en las manos.

Su cara la adornaban con una inmensa sonrisa amén de bastantes quilos de maquillaje, (maquillaje y color en labios y ojos en exceso) y sus cabellos rubios, enmarcando el rostro.

Antes de entrar a revisar y hacer la limpieza de los aseos, se apoyaban en el quicio de las puertas de cada despacho, o en el mostrador de la salas más amplias y, o bien al grupo, o en solitario a quienes estaba en el despacho, además de los buenos días, siempre existía tiempo para hacer algún que otro comentario.

En vacaciones cuidaban las plantas y al regreso se tenía lo sorpresa de que aquella maceta que se dejó medio muerta, estaba rebosante de color y salud…

Naturalmente en la fiesta de navidad siempre estaban presentes y eran agasajadas por todos. Allí no lucían el uniforme blanco y azul (curiosamente al resto de la plantilla de limpieza, y eso que es numerosa, no se conocía a nadie).

Unos seis meses antes de la edad que les correspondía para jubilarse hicieron un cursillo en Madrid que les permitía escalar escalafón y adquirir el grado de “mozo” y un incremento en nómina.

El incremento en nómina lo obtuvieron pero el jefe pretendía que siguieran con el mismo trabajo.

“Ni hablar” manifestó la mayor; la otra, la joven, comentaba “a mí me da igual, siempre ha estado haciendo lo mismo y así voy visitando a todo el mundo”.

“Ni hablar” reiteró mil veces la joven
“¿No hemos hecho un curso?, ¿Acaso no hemos subido de categoría?”.

Convenció a la amiga y amenazaron al jefe que de no cumplir lo que les correspondía pondrían el caso en manos de abogados.

En la “Casa” jamás se conocía a sindicalista alguno luchar así por sus derechos.

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Hoy no están. Empuja el carrito una sonriente colombiana, muy joven. Saluda sin apoyarse en el quicio de las puerta y sin conocer el nombre de nadie.

En el recuerdo quedan las dos amigas que, en los últimos días no empujaban el carrito de la limpieza, pero de vez en cuando subían y apoyándose en el marco de la puerta, contaban sus cuitas como mozos y su añoranza de los tiempos pasados..

La despedida la hicieron vestidas con sus mejores galas y joyas. Fue celebrada a la vez que lamentada por todos

De vez en cuando, sobre las diez de la mañana, las “veo” en la puerta del despacho.

(c)Camyhita, 4/02/2009. Fotografía: Internet




16 de abril de 2009

Causalidad y casualidad


Su amiga vivía relativamente cerca de ella. Las visitas a veces, eran una excusa para tomarse un buen té juntas. Al menos una vez al mes, sin tenerlo marcado, la casada se encaminaba a casa de la amiga soltera que ella, la soltera, al carecer de obligaciones de cocina para una familia, comentaba con la boca grande, su gusto por los fogones.

Ella, una tarde, en la última visita en busca del buen té y siempre buena repostería hecha y obsequiada por la amiga, salió de su casa y voló calle arriba consciente del desnivel de la caminata. Los colores le iban subiendo tanto al rostro, como al cuerpo.

Por muchas veces que pasara al encontrarse cara a cara con el edificio más relevante del modernismo catalán y declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, siempre digo, en ese cara a cara con el bello conjunto de edificios, se paraba, tomaba un tiempo y miraba, admiraba y contemplaba. Después de unos minutos reanudaba su marcha.

A los lejos divisó una estructura metálica y de lonas que, justo en la esquina de la calle en donde vivía su amiga, habían montado con el fin, claro está, de la limpieza del edificio.

Por pura manía, ella siempre abandonaba la acera en casos semejantes, bordeaba los coches aparcados en el lateral de la calle y evitaba, en el caso poco probable de que el andamiaje cediese, la sepultara. ¡Manías!

Causalidad: el tráfico era tan constante que su buen juicio la indujo a cambiar la costumbre y pasar, como todo el mundo, por debajo de la techumbre y pasillo del andamiaje.

Por más rápido que pasó, no pudo evitar el escuchar el ruido seco e imprevisible de un coche al chocar con otro. No pudo evitar un gran sobresalto. No pudo evitar girar bruscamente la cabeza para mirar y no consiguió esquivar la estructura de hierro que de repente encontró delante de su cara.

Despertó horas después en el edificio que antes, minutos antes, ella había contemplado embelesada.

Le dolía terriblemente la cabeza y la visión era borrosa por el único ojo que tenía destapado.

A su lado estaba su marido, su amiga, que aquella tarde, no tomó el té, y una enfermera que sonreía profesionalmente.

El golpe había sido tremendo. Al encontrarse inopinadamente con un obstáculo, la barra de hierro, no pudo reaccionar y se golpeó la frente, cayó de espaldas y de ahí el resultado de un gran hematoma que le llegaba hasta la cavidad del ojo y el dolor lacerante y constante en la zona sacra.

No fue nada grave pero la retuvo hospitalizada una larga semana.

Su amiga la visitó todos las tardes e incluso por las mañanas, camino del trabajo, pasaba a verla con unos deliciosos croissants recién salidos del horno.

Una tarde, su amiga coincidió con el médico, con su médico y las buenas vibraciones entre todos, se manifestaron. Hablando de mil cosas encontraron amigos comunes.

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Dentro de una semana ella asistirá a una boda muy ilusionada. Luis, el médico y Ana, su amiga, se casan. Para conocerse necesitaron una casualidad..

(c)Camyhita/27/03/2009.Fotografía.J.Castellana

6 de abril de 2009

Mujeres, veintitrés


 Hoy el corazón le palpita con un ritmo más acelerado que nunca. No hay problema. Está muy sana. Es muy joven. Esta aceleración cardiaca se debe a la lectura ante un muy importante tribunal de su tesis doctoral.

Casi dos centenares de ojos están pendientes de ella. Casi dos centenares de oídos están atentos a sus palabras. Casi dos centenares de ojos están fijos en la pantalla. Casi una veintena de personas están, pero a pesar de escuchar, mirar, no entienden nada. Toda la exposición y preguntas del tribunal, se hacen  y se responde en inglés.

Estos, quizá, entre los que no entienden nada, se encuentran los  más felices y también se encuentran los más orgullosos y los qué con más afán escuchan y miran: el abuelo y otros familiares y amigos.

Ella mira y a veces consigue ver y distinguir y sonríe gozosa a su abuelo, a él con mayor intensidad y dulzura que al resto de su familia.

Reconoce en el tribunal, al investigador americano (y entre el público a su mujer); jefe en su momento y amigo siempre y recuerda las birras que allí, en América, hace años tomaban a la salida del laboratorio, después de una larga jornada de trabajo y en grupo escuchaban buena música, tanto rock, como heavy.

Llena de ternura escucha la pregunta que le formula, su primera jefa, la persona que más le enseñó en su inicio del doctorado. Una mujer pequeña, diminuta, dedicada a la ciencia y con una capacidad extraordinaria de enseñar y dar a los demás lo que ella sabe.

El científico noruego hace hincapié en determinados conceptos para que quede claro el resultado de los experimentos plasmados, y antes la ha felicitado por los “papers” publicados.

Su tutor, su jefe en estos últimos años, sonríe satisfecho ante la exposición y respuestas. Él sabe que no ha perdido el amor a la ciencia a pesar de las dificultades económicas y que la ilusión se le escapa por el brillo de los ojos.

Y sigue mirando y reconoce a su amiga del alma, amigas desde que eran párvulas, y también hoy está a su lado, y a la otra, a la que conoció el primer día de universidad y su amistad ha ido en aumento.

Distingue a los amigos que han venido de otros lugares de Europa y fuera de Europa para estar con ella en este día.

Sonríe a su hermano, a su pequeño hermano, del que tan lejos ha estado durante años y ahora  desde hace unos dos años están tan  unidos. Sentirán el vacío de la ausencia el uno del otro. Su complicidad.

Al menos por unos años mucha distancia de ciudades, de países, les separaran. No podrá existir el día a día y las fiestas compartidas de amigos; Gracia, el barrio, quedará lejos.

Todo se borra de su vista, su corazón se calma, sus oídos no escuchan sonido alguno, el aula magna queda a oscuras…

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Tiene 4 años.

La clase es un jolgorio. Niñas y niños hablan y juegan a la vez. Ella, pequeñita, con unos inmensos ojos azules, como el cielo, parlotea sin parar, inventa, cura a su amiga de la alergia, pasándole por la cara una pata de pollo que recogió en el mercado y guarda celosamente en el bolsillo de su bata, -ella es una bruja en potencia-.

Hoy a la hora de la salida hay más alboroto aún. Ha diseñado unas invitaciones y toda la clase espera alborozada para celebrar su cumpleaños. La directora sonríe y comenta que ella también tiene tarjeta… (Faltaban cuatro meses para su onomástica).

En la clase de ballet se siente distinta, es otro mundo y sueña y sus ojos absorben todas las normas que le da  la profesora…y el ballet la seguirá siempre.

Y va pasando de clase, de tortugas, de jirafas, de ardillas…

Y los mayores, siempre la misma pregunta ¿Qué te gustaría ser de mayor?

“Bióloga y bailarina de ballet

©Camyhita, 29 /01/ 2009.Fotografía: J. Castellana