25 de junio de 2009

Parajes Mágicos


Si el mar le llama, la tierra le susurra. Unida al asiento del coche recorre kilómetros por unos lugares conocidos pero con parajes siempre distintos.

No puede correr, ni andar, ni adentrarse en “sus caminos”, pero en este tiempo está descubriendo que por estar imposibilitada, en parte, otros sentidos se le agudizan o despiertan de manera más clamorosa.

Como una niña dócil se arrebuja en el asiento delantero del coche al lado de su compañero y, hablando a veces y otras en silencio muy compartido, mira, observa y disfruta.

¡L’Albera, paraje único!, Clara se dice así misma y también a quién la conduce en coche por estas tierras “Es un lugar mágico”. Los caminos que a un lado y otro de la estrecha carretera se abren le llaman sin parar “Clara, Clara”. Al fondo las montañas que se encadenan una con otra a diferentes alturas.

Este bosque lleno de dólmenes le recuerda a Clara otros habitantes, otras vidas, otros sentimientos, otros sufrimientos, otras alegrías.

Las encinas son las dueñas de estos lugares pero también dejan algún espacio a unos prados verdes que invitan al descanso.

Las amapolas, ávidas de sol y vida, aprovechan un pequeño espacio de tierra sin árboles, sin pinos, sin encinas para mostrarse orgullosas de su belleza y de su color. Son las flores primaverales por excelencia. Clara descubre en ellas, lo efímero de la belleza y a la vez el engaño de la misma. Las amapolas tan pronto como se ven desprotegidas del sol, se arrugan y marchitan y cuando prendidas por su belleza las arrancas para formar un ramillete, se marchitan igualmente y te dejan las manos pringadas y malolientes.

Clara las admira, las sonríe pero no las acaricia.

En L’Albera crece la aliaga, serpentean las víboras y algún lagarto se esconde a tu paso.

Allí Clara se encuentra con la plenitud de la tierra, el cielo y sobretodo las montañas, montañas que juegan unidas unas a otras al “corro de la patata”, que te invitan a unirte a ellas, que te cantan sus misterios, pero a la vez son para Clara sólo eso, motivo de contemplación. Inalcanzables pero en estos momentos, suyas.

©Camyhita 3/05/ 2008.Fotografía: J. Castellana.

18 de junio de 2009

Mujeres, veintiocho.


Las dos mujeres están muy atareadas. La madre debía de estar acostumbrada; hace pocos años ya disfrutó y se cansó preparando la boda de otra hija; y antes, otros años antes, la del hijo.

Las dos mujeres no paran de actuar y proyectar. Todo ha de estar en orden. Ésta es la tercera boda y curiosamente es en la última en la que se casa la hija mayor.

La mayor, la primera, la hija más esperada y deseada, por eso, por ser la primera. No es la más querida, porque queridos, han sido y lo son los tres por igual.

El padre participa. También sufre los nervios de la madre y de la hija y los suyos propios. Discreto como es, se sitúa en segundo plano y tan sólo da su conformidad u opinión cuando la madre y la hija se lo piden. Es feliz viviendo la felicidad y los nervios de los preparativos y el gozo de ambas por disponerlo todo.

Las dos mujeres están aún más unidas de lo que siempre han estado. Hoy además de madre e hija, son amigas y como amigas comparten secretos, se cuentan anhelos y cuchichean intimidades.

Han recibido la confirmación del hotel en esa cala tan bucólica, ¡está a su disposición y a la de sus invitados para el día elegido!. ¡Tantos recuerdos de familia y tantos baños cuando todos eran niños en aquella playa solitaria! Una alegría y un problema resuelto; el del alojamiento de todos sus invitados.

El menú está elegido. Informal y con materias e ingredientes de la zona. Una boda deseada y celebrada sin ningún tipo de formalismo…Comodidad ante todo.

La madre ha vivido la época hippy, y a la hija le ha parecido bien la filosofía de entonces, y recuerda la fotografía que su madre le enseñaba de pequeña, aquélla en la que se ve a una chica muy joven poniendo una flor en el cañón de un fusil, o algo así, de un soldado. Una buena filosofía, vivir y dejar vivir. Amor y no guerra.

Ahora, tomándose una café, haciendo un alto en el repaso de la lista de invitados, en la elección del vestido de la novia y de la madre, que también quiere estar preciosa, se relajan, se sientan, toman el café y recuerdan…

Recuerdan los malos tiempos vividos, afortunadamente ya muy lejanos.

Recuerdan la confesión tan difícil para la hija a sus padres.Recuerdan el golpe que ellos recibieron.

Recuerdan la confusión de ambos.

Recuerdan la alteración del ritmo familiar.

Recuerdan la ayuda de la hermana menor, hacia ella, hacia sus padres.

Recuerda la madre cómo se dirigía al trabajo como una zombi, sin saber si iba o volvía, sin comprender, sin entender, preguntándose constantemente ¿por qué? Y egoístamente ¿por qué a ellos?

Recuerdan que todos se buscaban y se sentían culpables.

Recuerdan que los silencios ganaron la batalla a las palabras y a la risa.

Recuerdan que a pesar de todo, el cariño prevalecía ante todo, pero no entendían.

Recuerdan, recuerda la madre que un día se dio cuenta de que no había nada que entender, nada que aceptar, nada por lo qué luchar…

Recuerdan que entonces volvieron a ser felices y a no ser nada, ni pretender ser nada distinto, eran lo que siempre habían sido una familia, una familia que se quería y que estaba formada por padres y tres hijos ¡nada más!

Dentro de quince días dejarán de vivir bajo el mismo techo la madre y la hija y el padre, pero los tres saben que estarán tan unidos comos siempre.

Dentro de quince días, ella, la hija dará el “sí quiero” a su novia de hace años y las dos formaran un nuevo matrimonio que será tan feliz o infeliz como cualquier otro.

©Camyhita, 16 /03/ 2009.Fotografía:J.Castellana

11 de junio de 2009

Esas palabras....


Difuminadas en el tiempo y en el recuerdo le asaltan con relativa frecuencia las imágenes de las que duda de su realidad o ficción.

Un halo de luz las envuelve. Una luz que se desparrama en haces. Una luz atravesada por miles de partículas de polvo. Una luz de un verano muy cálido, muy lejano.

Recuerda o imagina una gran casa en un pueblo. Las horas de la siesta que no respetaba. y el vagar constante por todos los rincones de la casa misteriosa.

Inspecciona en una gran sala los cajones de mesas torneadas en busca de algún tesoro, plumillas, papeles amarillentos, lineados, con letras y otros con números, pero ella, ni recuerda ni sabe qué encierran.

Habitaciones inmensas, con camas muy altas, con cabeceros dorados, repujados, colchas brillantes e inmensos flecos alrededor. Almohadas, dos, tres, cálidas, suaves, receptivas.

Inexistencia de puertas.

Más salas que se comunican, grandes espejos enmarcados en orlas de oro; fotografías de rostros severos. Un reloj en la pared con grandes números romanos y cadenas y péndulos relucientes.

Una mecedora se mueve suavemente. Está vacía pero tiene dueño.

Palabras: sartenes, pucheros, morillos, trébedes, hornillos; palabras, palabras olvidadas…

Por unas escaleras empinadas llega a una buhardilla misteriosa, acumuladora de más y más palabras.

Artesa, artesa, artesa, palabra, nombre, sustantivo, utensilio unido a la vida. Creadora de vida.

Generosamente se abre y en su interior la harina, el agua, la levadura, la fermentación y manos diestras crean el alimento por excelencia, el pan.

La abuela, muy abuela, muy encorvada, muy de negro, ¿real?

El recuerdo está con ella y con una soledad infinita. Está con ella y le explica los utensilios y su uso, ahora en desuso, allí acumulados.

En el centro llena de luz, resplandece la artesa, como un gran sarcófago blanco, impoluto, majestuoso.

La abuela abre la tapa de la artesa. Es una secuencia de una película de suspense tal y como llegan las imágenes y los recuerdos a su mente. Abre la tapa de la artesa y las dos saltan hacia atrás, a la vez que, un grito agudo se escapa de sus gargantas.

Del interior de ese gran vientre generador de vida, de pan, se ha querido escapar algo sin conseguirlo. Está ahí ante sus ojos asustados.

Un ratoncillo diminuto ha sellado con su sangre la gran tapa que cierra la artesa.

©Camyhita, 31/03/ 2009. Fotografía: Internet

4 de junio de 2009

Mujeres, veintisiete.


Hoy se ha levantado alegre. Ya está decidida. Después de tantos meses, hoy, por fin, ha conseguido estar libre y sola.

Su marido como de costumbre se ha marchado temprano para el despacho y también como es norma, no viene a comer. Hace años que ya mantiene la rutina del restaurante al lado del despacho y a ambos les va bien. Son más horas de libertad y de no tener que soportarse.

Con calma desayuna en la cama. La muchacha le ha comprado igual cada mañana, los croissants recién hechos, tal y como a ella le gustan. Le sirve café con leche cargado y muy caliente, también mermelada de naranja amarga, su preferida, y como no podía faltar detalle en un día como el de hoy, la mantequilla está en su punto, ni rígida por el frío del frigorífico, ni pastosa por exceso de calor, y la bandeja de plata refleja su cara, por primera vez en mucho tiempo, relajada y sonriente.

Pasa la mañana cómodamente sentada en el saloncito. Revisa la correspondencia tanto privada como la del banco, más abundante ésta. La rutina del teléfono la sobresalta por un instante; tranquiliza a su hermana pequeña “Estoy bien, muy bien, de verdad. Mari, está aquí conmigo y estará aquí hasta que llegue Juan. Mari a pesar de ser jueves no tiene previsto salir”

Esta mañana no se ha bañado. Ha decidido hacerlo por la tarde. Rompe rutinas. Hoy es un día especial.

La comida es frugal y elegida. También elegido el buen vino. Es una mujer acostumbrada a moverse en sociedad y su educación burguesa le ha permitido además de satisfacciones personales y mundanas, el saber elegir platos, menús, vinos…

Una vez que ha tomado café, pide a Mari por favor que le prepare el baño con el aceite relajante, su preferido. Después, le deja la tarde libre.

””Una vez que haya terminado en la cocina, ni tan siquiera me llame. Márchese porque mi hermana Laura vendrá a pasar la tarde conmigo y hoy me quedaré bastante rato arreglándome””Hasta la hora de la cena Mari. Disfrute de la tarde””.

Envuelta en aromas relajantes se sumerge toda ella en la bañera. Un día espléndido. Completo. Pasan los minutos, cierra los ojos y la película de su vida en estos tres últimos años, se proyecta en su mente con toda nitidez.

Ayer, precisamente ayer, hizo tres años que recibió la fatal noticia de que su hijo mayor, al que ella creía esquiando, había fallecido en un país lejano en un accidente. Ella, sólo ella, recibió la fría noticia a través del teléfono. La película de su vida no escatima detalles y se ve en el funeral multitudinario de amigos del hijo, de ellos, de la familia, y el dolor, un dolor insoportable. Él era su preferido. Bello, triunfador, simpático, cariñoso…

Tardes y horas con psicólogo, con psiquiatra, con tristeza y hace siete meses, cuando empezaba a enfrentarse con la vida, la historia se repite y también ella responde al teléfono, y es también a ella, a quién comunican la muerte de su segundo hijo, esta vez en ciudad española, en una exhibición de vuelo con ala delta.

Todo empieza de nuevo. Nunca la dejan sola. Sus hermanas se turnan. El marido huye cada vez más.

Nota como su piel absorbe la crema hidratante. Siente el placer del masaje que ella misma proporciona a su cuello.

Se maquilla cuidadosamente. Trata y consigue rozar la perfección y hace que esas ojeras de los últimos meses, se suavicen.

Ropa interior de seda. Vestido de corte impecable. Zapatos de alto tacón. Comprueba sus manos y sus uñas y aparecen suavemente sonrosadas.

En su habitación se acerca al secreter y escribe una corta nota.

Encamina sus pasos a la cocina y luego vuelve al salón y tumbada en el chester verde, deja pasar el tiempo…

No ha olvidado nada. Ha engañado a las hermanas, a Mari, la doncella. Ha sellado ventanas. Ha cerrado con llave la puerta de la calle. Ha descolgado el teléfono. Ha abierto la llave del gas.

¿Plan perfecto? ¡No! ¡Ha olvidado a su hijo último, hijo vivo!

©Camyhita, 12 /02/ 2009.Fotografía: J. Castellana