Al cuarto amanecer de viento habían recogido tantos murciélagos fuera de la finca, que Petra tuvo que pisotear su jardín repleto para lanzarlos al contenedor, pues el cordero aún lechal había estado la mañana con diarrea y se creía que fuera origen de la flatulencia. La villa estaba alborotada ya el lunes. La fuente y el estanque tenían una misma capa de murciélagos, y las tierras de la finca, que en enero brillaban como alas de luciérnagas, se habían transformado en una sopa de patatas y calabazas enmohecidas.
(c)Camy (continuará)
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